¿Jason Street, Matt Saracen, J.D. McCoy o Vince Howard?

¡¡¡¡ CONTIENE MUCHOS SPOILERS!!!!

Probablemente, si no eres seguidor de Friday Night Lights no sabrás quiénes son esos nombres del título. Si quieres ser mejor persona, ponte la serie ahora mismo. Si ya lo eres, tienes tazas de la tienda de la NBC de Nueva York como @luisblascoalis o @fmartinGIGANTES, te desvives por la NFL como @marchello o @AntonioGilSOSE , o simplemente la ves por querer parecer igual de cachitas como @EmilioVescudero y @GuillenFran debes leer con atención.

Hace tiempo ya que acabó una de las series favoritas de los señores mencionados ahí arriba y de la que escribe este post, pero no me resisto a recordarla día tras día (mi tono de móvil es la cabecera de la serie. Soy friki, I know). Por eso, en un alarde de querer entender de fútbol americano, he querido reproducir aquí las virtudes y defectos de los cuatro quarterbacks que pasaron por la serie. Odiados, queridos y maltratados por la vida en cierta medida, comparten sueños a partes iguales. Veamos.

Jason Street

«Patapúm». Parapléjico sin que se hayan cumplido los 40 minutos del primer episodio. Entonces, ¿cómo te enganchas a una serie en la que su personaje principal desaparece de escena, a priori, dando a entender que no volverá más? Pues ahí está la magia de FNL: volverá, de alguna u otra forma, lo hará. Y encima de cornudo, apaleao. Su principal apoyo, Layla Garriti, la capitana de las animadoras, le da la espalda liándose con su mejor amigo, Tim Riggins. Osea que el pobre las pasa putas.

Y es que, en Dillon, Texas, el sueño de conseguir el anillo del campeonato estatal de fútbol americano no es solo una esperanza, sino una forma de vida. Por eso, el papel de Street durante las cuatro temporadas se centra en que ese sueño no se aleje de su mente. Aunque la silla de ruedas puso freno a sus esperanzas, conseguirá cumplir sus sueños, alejados en cierta medida del fúbtol, pero con la misma mentalidad que ofrecía en los terrenos de juego: ser un ganador. En esa empresa tiene un papel principal el coach Taylor, quien ayudará a Jason y al equipo a emprender el camino hacia el éxito. Para ello tuvo que recomponer su grupo de jugadores lleno de traumas.

Matt Saracen

Ahí es donde entra Matt Saracen. Hijo único, viviendo con su abuela y con un padre en Irak. Su vida, llena de sufrimiento, adquiere una luz especial cuando entra en juego Julie, la hija de Taylor. Una relación de altibajos centrada en el fútbol y en la ambición de Saracen por ser el quarterback titular que acaba, a mi entender, de la forma natural para la que estaba destinada. Sin embargo, no es todo tan bonito como parece. Al chaval, con 17 años, le toca lidiar con los cuidados de su abuela, a la que se le pira la pinza bastante, con una madre desaparecida y con un padre que no le hace ni puñetero caso y que, encima, se muere en Irak. Al final, el fútbol su principal meta, se sitúa en un segundo plano para formar su nueva vida. Y como pasó con Jason, Eric Taylor ejercerá como «padre salvador» del chico más tierno y adorable que pasó por ese imaginario pueblo y que demostró que aún siendo un cartuli se puede llegar a ser el más popular del instituto.

JD McCoy

Llegó siendo el nuevo y se fue como un desconocido. Su inclusión en los «Panthers» hizo sombra a Saracen y puso a medio pueblo en contra. Nada agradable resultó el niño mimado. Ni siquiera para las animadoras. Y es que McCoy sembró el odio allá por donde pisó, incluso Taylor, muy protector con todos sus jugadores, tuvo en este quarterback su talón de aquiles. La relación con su padre, uno de los principales accionistas del equipo, trastocó los planes del entrenador para llevar a los «Panthers» a conseguir su ansiado anillo. Vamos, que el chaval ni cayó bien a sus compis ni a la audiencia. Razón por la cual su papel en la última temporada quedó relegado a pequeñas escenas sin apenas trascendencia. Una pena, chati.

Vince Howard

Otro con traumas. Parece que la estética del niño pobre traumatizado por la vida era lo que se llevaba, porque vamos, ni uno se salvaba. Para finiquitar la serie buscaron a un negro de los suburbios de Dillon para encarnar el papel del quarterback que iba a revolucionar el nuevo equipo del este de la ciudad, los «Lions». Cambiaron el azul por el rojo, el campo iluminado por un patatal y el colegio medianamente piji-guay por uno lleno de barriobajeros sin aspiraciones en la vida. Pero coach Taylor siguió allí para remontar el vuelo y no dejar de soñar con alcanzar, de nuevo, la final estatal. Vince, por su parte, era un delincuente, metido en miles de peleas y pillado más de una vez por la policía. Con una madre medio yonki y un padre en la cárcel, Taylor consiguió que se enderezara, que se fijara como meta mejorar en la vida y crecer como persona. Cambió mucho, se enamoró poco y sudó la camiseta demasiado.

Y al final, como en todas las grandes series, acaban cada uno en su lugar, con sus sueños adolescentes más o menos cumplidos y con una visión de la vida bastante diferente a la que empezaron en la primera temporada. En parte, la magia de las series es esa, que no todo es tan bueno como al principio ni tan malo como se pensaba.

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